La historia
El 2 de febrero Javier y tres de sus compañeros, incluido el
capitán de la pequeña embarcación, zarparon desde un punto, por ahora
desconocido, en Ecuador. Llevaban la firme intención de hacer una buena pesca
cerca del santuario marino protegido de la Isla Malpelo.
Pero la mala suerte los acompañó: una tormenta con fuertes
vientos dañó el motor y fundió el radio de comunicaciones. Al ya trágico
episodio se sumó que la pequeña embarcación no tenía localizador.
Con la esperanza a cuestas, los cuatro pescadores confiaron
en que serían rescatados en pocos días. Por ello racionalizaron algunas
provisiones que, aun así, pronto se agotaron. La rutina del vaivén de las olas
se sumó al desespero que empezó a hacer mella entre los tripulantes que no
veían una embarcación que los salvara. “Mis tres compañeros empezaron a
desfallecer”, contó Javier.
Lo que vino después es casi inenarrable. Uno a uno los
tripulantes empezaron a perder la voluntad de vivir. El capitán se tiró al agua
y no se volvió a saber nada de él. A otro de los compañeros lo venció la
depresión y un día terminó muerto. Uno más intentó sobrevivir comiendo partes
de su cuerpo, al final murió de hambre y sed, “fueron días horribles”, dijo
tras su regreso el sobreviviente.
No puedo dormir
El mar en las noches podría ser, incluso, más terrible que en
el día. La oscuridad es total y el constante golpeteo de las olas a la
embarcación llena de miedo a cualquiera. Así, este hombre tuvo que soportar
días enteros y noches interminables.
El agua lluvia combinada con residuos de gasolina fue su
mejor aliado para evitar la muerte. “Yo recogía el agua en una poma en la que se
almacena el combustible y comía aves y pescaditos que lograba sacar utilizando
calamar de carnada”, les dijo este hombre a los rescatistas.
Con el paso de los días Javier sólo esperaba un golpe de
suerte, el mismo que no tuvieron sus compañeros de viaje que quedaron atrás en
el inmenso mar.
Para el día 85 el viento cambió a su favor. A lo lejos, a
2.300 millas de Honolulú (Hawái), Javier divisó un buque mercantil, el Nikkei
Verde, que luego supo que tenía bandera china. El rescate fue simple y de
inmediato recibió los primeros auxilios.
Su cuerpo estaba invadido por las llagas derivadas de su
permanente exposición al sol. El médico del buque dictaminó que este hombre
tenía anemia y una preocupante deshidratación. Aun cuando pudo salvarse, las
huellas imborrables de aquella trágica experiencia lo atormentan. “Estoy bien
de la mente, pero no puedo dormir en las noches”, se le oyó decir tras el
rescate.
Los funcionarios del consulado colombiano en San Francisco
(Estados Unidos) lo recibieron en Honolulú (Hawái, EE. UU.) este 4 de mayo,
luego de hacer múltiples gestiones que incluyeron llamadas a China, solicitudes
y permisos, ya que el náufrago se encontraba indocumentado.
De inmediato, el consulado “procedió a organizar su retorno a
su país de residencia”, se lee en un informe de la Cancillería. El gobierno
colombiano corrió con todos los gastos para que el hombre se reencontrara con
su esposa en algún lugar de Ecuador, el país que lo acogió desde hace años. Una
increíble historia que, seguramente, será narrada en algún escrito o contada en
alguna película.
Lo más triste para este hombre es que retornó a un país que
se está recuperando de una tragedia natural que dejó cientos de víctimas. Aun
así, su historia es un bálsamo entre tanto dolor.
*Nombre impreciso para proteger su identidad.
