Entrevista con Cláudio Maretti, de la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza.

La salud de la Amazonia, así como la de la humanidad, pasa por un momento delicado. Este ecosistema ha perdido el 17 por ciento de sus bosques y si la deforestación continúa con el ritmo actual, el WWF calcula que este porcentaje ascendería a 27 por ciento para 2030.

En otras palabras, como humanidad perderíamos alrededor de 85,4 millones de hectáreas de bosques amazónicos. La región amazónica, recordemos, contiene el bosque tropical y el sistema fluvial más grande del mundo, que abarca 6,5 millones de km², y que con su biodiversidad nos proporciona el 20 por ciento de la circulación de agua y aire cada día.

Para profundizar en la situación actual de esta región –que ha sufrido efectos inesperados por el covid-19–, el Centro ODS para América Latina y el Caribe, de la Universidad de los Andes, entrevistó a Cláudio Maretti, Ph. D. e investigador en geografía, consultor y vicepresidente de la Comisión Mundial de Áreas Protegidas de la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza (UICN), y expresidente del Instituto Chico Mendes para la Conservación de la Biodiversidad (ICMBio), la institución nacional brasileña encargada de las áreas protegidas federales.

 

¿A qué presiones se enfrenta la Amazonia?

Más o menos desde la mitad del siglo pasado, casi todos los países del norte de Suramérica –excepto las Guayanas– comenzaron a ocupar buena parte de la Amazonia. En Brasil, todo comenzó con un mito de Constitución de país que señalaba que el territorio era inagotable, infinito.

Y esto tiene que ver con la idea de que es necesario intervenir la naturaleza y ‘limpiar la tierra’ para poder volverla productiva. En el caso de otros países predominaron la minería y el petróleo, y en los casos de Perú Brasil y Colombia, la explotación del caucho. Fue a partir de la mitad del siglo pasado cuando empezamos, en el caso de Brasil, con la agricultura y en otros países con la extracción de petróleo, actividad que se fortaleció en la década de 1970.

Tenemos más años seguidos de sequías más pronunciadas y más zonas de bosque degradado y un aumento de la deforestación (...) Si no frenamos la deforestación, estamos poniendo en riesgo la Amazonia

 

¿Por qué no se frenó?

En los setenta se empezó a decir que estas actividades traerían consecuencias negativas, y el rol de las comunidades indígenas en estos procesos de denuncia fue muy importante. En los años ochenta, con las nuevas constituciones, les fueron otorgados nuevos derechos a las comunidades indígenas y afrodescendientes. En el caso de Brasil hubo un movimiento muy fuerte, y de manera paralela, varios países, entre ellos Colombia, fueron creando áreas protegidas y mejorando el monitoreo de la deforestación.

En todo caso, en los últimos tiempos hemos visto extracción de petróleo en Colombia y Ecuador y mucha ocupación irregular en toda la Amazonia para minería de oro, la cual, en el caso de Colombia, ha generado afectaciones importantes en los ríos. Y se han agudizado, asimismo, las disputas por la tenencia de la tierra. Recientemente hemos alcanzado derechos importantes para las comunidades indígenas, pero no hemos logrado construir una bioeconomía regional que evite la degradación de los ecosistemas.

 

¿Qué ha sucedido en Brasil con el presidente Bolsonaro?

Ha sido mucho peor. Como decía, en las últimas décadas se ha presentado un cambio de visión de la Amazonia que incluye el cambio climático, la biodiversidad y los derechos de las comunidades indígenas. Estábamos dejando atrás esa visión de colonizadores europeos que promovían el derecho a esclavizar a las comunidades indígenas.

Con Bolsonaro el mensaje es: todas las actividades productivas, así algunas sean ilegales, son buenas. Es volver al discurso del siglo pasado. Lo que está haciendo el Ministerio de Ambiente de Brasil es regularizar la tenencia de la tierra, diciéndoles a los que la explotan: adelante, nosotros los apoyamos.

Lo que ha sucedido es un aumento de la regularización de la minería artesanal ilegal y una disminución de presupuesto para las entidades encargadas de la vigilancia ambiental, y fenómenos como la deforestación hoy están por fuera de control. Recientemente, el presidente ha insistido en que las comunidades indígenas y las ONG son las responsables de los problemas ambientales en la Amazonia y ha respaldado a los acaparadores de tierra y a los mineros ilegales. Es terrible.

 

¿Cómo se ha visto afectada la Amazonia por el cambio climático?

Con el cambio climático, los periodos secos se están haciendo más intensos y frecuentes y estos afectan a la Amazonia. A este factor súmele la degradación de los bosques con la explotación ilegal de madera y la deforestación para diferentes usos de la tierra. Es decir, tenemos más años seguidos de sequías más pronunciadas y más zonas de bosque degradado y un aumento de la deforestación. La Amazonia, entonces, es cada vez más vulnerable a los incendios. Si no frenamos la deforestación, estamos poniendo en riesgo la Amazonia.

Le explico: por la presión del bosque húmedo se genera una atracción de aire sobre el Atlántico y se presenta una entrada de humedad del mar hacia la tierra. Es como una suerte de succión por la diferencia de presiones, y la mayor cantidad de agua se queda en el suelo, en los bosques, en los ríos y la atmósfera. Por esta razón, los países andino-amazónicos, como Perú, Colombia y Ecuador, tienen una biodiversidad inmensa.

 

¿Qué otras afectaciones pueden causar esto?

Todo este proceso de la Amazonia trae humedad hacia la parte más productiva de América del Sur, que es el centro-sur de Brasil, Paraguay, Uruguay y el norte de Argentina. Esa parte, toda, vive de lo agropecuario y tiene las lluvias gracias al régimen de humedad dependiente de este funcionamiento de la Amazonia. Lo que está pasando actualmente está debilitando la fuerza de ese proceso que es muy importante para el centro y sur de la región.

 

¿Usted cómo ve las estrategias de los gobiernos para compensar los daños ambientales en el Amazonas?

En primer lugar, es fundamental evitar la deforestación, y en segundo lugar, evitar la degradación. En la coyuntura de Colombia se deben articular esfuerzos para buscar oportunidades de ingresos que no generen deforestación. También tenemos que saber que construir carreteras en medio de bosques genera la posibilidad de nuevas ocupaciones tanto legales como ilegales. Lo mismo sucede con los proyectos de minería y de petróleo. Sin control, terminan generando una degradación importante.

 

Ahí entra el debate de la frontera agrícola. ¿Cuáles deben ser los límites?

Durante las últimas décadas, el aumento de la ocupación en las tierras de la Amazonia tiene que ver con los bajos costos de la tierra y el aumento de la población. Hoy en día sale más barato hacer deforestación ilegal para producir que hacer todos los trámites legales. De alguna manera tenemos que mejorar las condiciones y la vigilancia a los ecosistemas para que no se siga ampliando la frontera agrícola. Ahora, tenemos que saber que Colombia tiene una evolución de la deforestación de su Amazonia peor que la de Brasil en los últimos 20 años.

La mayoría de países tienen entre el 80 y 90 por ciento de la Amazonia no talada, y hay un 10 o 20 por ciento de su territorio ya degradado. Por eso debemos encontrar soluciones económicamente viables y socialmente adecuadas para mantener la ecología sin ampliar la frontera agrícola.

 

¿Qué tan efectivos pueden ser los pactos internacionales para proteger la Amazonia?

El acuerdo trinacional entre Ecuador, Perú y Colombia es un buen ejemplo sobre cómo se logró una mejor protección del área sur de la Amazonia. También hay un acuerdo entre Perú y Ecuador en el que han logrado proteger la zona de frontera. A nivel continental, infelizmente, la Organización del Tratado de Cooperación Amazónica no ha logrado mayor cosa.

Pero hay esfuerzos interesantes en la red de parques de la FAO, que ha generado cooperación técnica para fortalecer las áreas protegidas. También tenemos acuerdos globales como el Acuerdo de París que comprometen a los países a proteger a la Amazonia a nivel internacional. Sin embargo, ahora vemos promesas no muy cumplidas. Hay financiación para conservación, y eso es importante, pero los programas no han sido suficientemente fuertes. La comunidad internacional debe reconocer que los países de América Latina son los países con mayor biodiversidad en el mundo y son, a su vez, los que más esfuerzo han hecho para conservar sus ecosistemas.

 

Por SANTIAGO VALENZUELA A.

E.T

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