A sus 17 años, Alejandro Martín, empezó a trabajar en un almacén de cadena vendiendo televisores y equipos de sonido para pagarse la universidad. Ingresó a la carrera de Comunicación social y Periodismo, en la universidad Minuto de Dios, pero al poco tiempo se dio cuenta de que se quería dedicar a las ventas.

Su talento para las ventas lo llevó a ascender rápidamente laboralmente. Un año después, con solo 18 años, logró ser el supervisor de uno de los almacenes y a los 19 años era el supervisor nacional de todo el equipo de ventas.

Estando en esa compañía, con 25 años, se dio cuenta que su nivel de inglés era un impedimento para seguir avanzando. Entonces pensé que me tenía que ir del país a estudiar y volver”, cuenta.

Y así fue como el bogotano, que creció en Medellín, renunció a su trabajo y en el 2013 juntó sus ahorros, asumió una gran deuda y se fue a Nueva York, Estados Unidos.

Los primeros días del que debía ser el sueño americano fueron traumáticos. ”Cuando llegué al lugar donde me iba a quedar, la persona me empezó a explicar dónde tenía que dormir, que comer, etc, y yo no le entendía nada. Cuando terminó de hablar, me preguntó: ¿me entendiste? Y yo le dije: I don't speak english (No hablo inglés, en español)”, cuenta.  Al día siguiente empezó sus clases.

Los días pasaron y se dio cuenta que debía trabajar pues el costo de vida se le incrementó. Alejandro averiguo donde quedaba la calle de los latinos y llegó a esa calle, ubicada en la esquina de la avenida 37 y la calle 82 en el condado de Queens, y encontró trabajo como mesero.

A sus 27 años, al alcanzar un buen nivel de inglés, decidió regresar al país con el objetivo de ascender en su carrera profesional. “Me presenté a Samsung al cargo de jefe de producto para Latinoamérica. Hice la entrevista y llegué al final del proceso. Pero me dijeron que estaba muy joven para ese cargo tan alto, que necesitaban a una persona de mayor edad, y que me podían poner en un cargo menor mientras seguía adquiriendo experiencia laboral”.

Esa noticia no era lo que Alejandro esperaba. Se sintió aburrido y decepcionado, así que volvió a empacar maletas para devolverse a Estados Unidos, con el objetivo de ahorrar para hacer inversiones en Colombia. En ese momento recibió la noticia de que su novia estaba embarazada.

Alejandro regresó a EE. UU. mientras su pareja culminaba el proceso para la visa americana y a los ocho días ella llegó a Nueva York.

Un día a su novia le dio un antojo de tamal, así que lo buscaron durante horas pero no encontraron. “Pero mi mamá, que es tolimense, hace unos tamales espectaculares y nos dijo que nosotros los hiciéramos”, recuerda.

Su madre les dijo cuáles eran los ingredientes, les dio todas las instrucciones y, sin saber cocinar, los hicieron. Aunque él dice que “son los peores tamales que han hecho en toda la historia”, así empezó, sin querer, el negocio que le cambiaría el rumbo a su vida.

Ese día les sobraron algunos tamales, así que Alejandro se los vendió a sus compañeros de trabajo colombianos. “A ellos les encantaron y me empezaron a pedir más. Entonces les empecé a decir a mis jefes y a los clientes que yo vendía tamales y se los podía llevar a su casa”.

A los pocos días un compañero se quedó sin trabajo y le dijo, en chiste, que “le iba a tocar ponerse a vender ese tamales”. Pero el chiste se convirtió en un hecho y su amigo empezó a vender entre 10 o 15 tamales al día. Al ver esto, Alejandro pensó en que él también podría salir a vender tamales.

 “Con toda la pena del mundo salí a vender tamales en la calle, pero lo bueno era que nadie me conocía”, dice el joven, duró tres años vendiendo tamales en la calle.

Después de que su novia los preparaba, Alejandro llegaba todos los días a las 2:00 p. m. con sus tamales, que guardaba en una bolsa térmica, y allí permanecía hasta las 8:00 p. m., junto a un cartel que tenía escrito con marcador ‘tamales colombianos’.

Sin importar las muy bajas o altas temperaturas, su perseverancia llevó a que los clientes fueran a buscarlo a esa calle cuando estaban antojados de un tamal, que tenían el sabor latino, pues los ingredientes los lleva una distribuidora que envía productos de Colombia y las hojas las llevan por guacales vía marítima.

El año pasado los restaurantes empezaron a buscar a Alejandro para que les vendiera sus tamales. Viendo esto, el bogotano empezó a buscar distribuidores y buscó un local, que estuviera en su casa, para su empresa ‘La Tamalería’.

Cuando empezó la pandemia de coronavirus su negocio empezó a crecer aceleradamente, pues muchas personas se quedaron sin empleo y vieron que podían vender tamales para tener ingresos. “La gente me compraba 50 o 100 tamales y los publicaba por internet para venderlos, y ahí fue cuando más se creció el negocio. Ellos se llevaban el 40 por ciento de la ganancia sobre el producto, entonces una persona en un día se podía ganar 400 dólares”.

Tras ello, lanzaron nuevos productos como tamales y lechona, preparada por dos tolimenses, y así aumentó su éxito. “'La Tamalería' facturaba antes 20.000 o 30.000 dólares mensuales y hoy factura más de 100.000 dólares, fabricando entre 6.000 y 8.000 unidades de tamales semanales”, asegura.

Aunque dice que el primer mes fue malo, “se regó la voz y eso le dio más estatus al negocio”. “Empezamos a crear nuestras redes sociales, a publicar en los grupos internos de Nueva York. Después pusimos un punto de fábrica de producción y hoy tenemos una red de más de 140 distribuidores, y hacemos venta online”, asegura.

Hace cinco meses abrieron la primera franquicia de producción en Miami y ya tienen más ventas allá que en la gran manzana.

Actualmente, está en negociaciones para abrir otras 14 franquicias, pues su meta es tener una en cada estado de EE. UU. donde hay latinos. “Yo quiero que la tamalería se vuelva el McDonald's de los colombianos”, dice.

Su madre, aunque no ha podido ir a visitar a su hijo, sí ha probado los tamales. Le dice a Alejandro que son ricos, pero no son iguales a los de ella. No hay duda de que con su toque todos los estadounidenses terminarían enamorándose de un buen tamal colombiano.

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